martes, 15 de marzo de 2016

CINCO ESQUINAS


Lima: años noventa

 En 1990, los candidatos Alberto Fujimori y Mario Vargas Llosa contendieron por la presidencia de Perú. Como es sabido, ganó el primero, pero el año 2000 se produjo la caída del dictador y vinieron los tiempos de bonanza que comentan los acaudalados personajes de Cinco esquinas en un capítulo titulado ­‘¿Happy End?’, quizá porque en política no hay nada feliz del todo o porque sus vidas individuales están a punto de enredarse en un lío que puede ser suculento o lamentable. No es verdad lo que el autor ha inventado en la novela como final de Fujimori y de su siniestro jefe de operaciones, el Doctor (que se llamaba Vladimir Ilich Montesinos, era militar de carrera y abogado fullero, además de uno de los personajes más siniestros del muy poblado infierno latinoamericano del último siglo), pero la justicia poética tiene verosimilitud moral, que es lo que importa. La venganza, ha debido de pensar el autor al evocar los días de su antiguo rival, es manjar que se sirve frío.
Sus dos últimas novelas han regresado a Perú. Lo advertimos en el uso de sabrosos modismos y en la precisión de los nombres de lugar, recorridos o detalles, que delatan lo grato del retorno y que quizá sean también una cortesía hacia los lectores peninsulares poco familiarizados con el callejero de Lima o la gastronomía peruana. El héroe discreto (2013) fue un gozoso reencuentro con Piura, la ciudad del final de su niñez, y con un país que se había convertido en una sociedad próspera y más abierta. Cinco esquinas repasa un tiempo doloroso y el espacio que vivió en su juventud bohemia: aquel es el de la decadencia de Fujimori en los años de hierro del terrorismo; el espacio es el céntrico enclave urbano que da título a la novela, que en los años sesenta comenzó su decadencia en beneficio de la periferia urbana. Los personajes de la obra se reparten entre el viejo barrio donde habitan los periodistas que publican cuanta carroña encuentran por cuenta del Doctor; en los barrios elegantes viven los millonarios. Ni unos ni otros son lo que parecen porque en las novelas de Vargas Llosa suele haber una prueba moral que, debidamente superada, redime de culpas pasadas: la Retaquita no es solamente una periodista que compensa su desastrado físico con la agresividad, sino la que convertirá el reporterismo bajuno en arma de redención colectiva; Enrique Cárdenas, víctima de un repugnante chantaje, no es un millonario ocioso, sino un empresario honrado que seguirá prosperando cuando la miseria acabe. También la Retaquita conoce su recompensa y quizá la tenga incluso el pobre viejo Juan Peineta, la víctima de todo, pero que logrará el indulto del asesinato que no cometió. Quizá ese perdedor que fue recitador de poesías y, para su desdicha, se convirtió en payaso del Trío Los Chistosos sea la más conmovedora figura de esta novela.
 El libro encierra, como otros del escritor, una gran variedad de registros: político, dramático, burlesco… Y no falta una historia de sexo, que es una de las mejores que ha escrito en ese género de pornografía suave (como un manga dieciochesco de Hokusai) que, desde que Alberto Fernández escribía novelitas eróticas para sus compañeros del colegio Leoncio Prado (en La ciudad y los perros), viene siendo una constante de su escritura. Aquí trata de un dúo amoroso femenino que acaba en trío, a través de escenas de una comedia erótica que parece flotar siempre sobre la sordidez del ambiente. En cuestiones de Eros no hay culpas, ni egoísmos, ni castigos: la transgresión reaviva amores desgastados y ayuda a recobrarse moralmente a la víctima de un chantaje; quizá al final resuelva en un atrevido cuarteto lo poquito que les falta a todos para lograr la felicidad. Los muchos registros están admirablemente revueltos en esta novela, como en el capítulo ‘Un remolino’, donde Vargas va juntando los hilos en forma de escenas fragmentadas que se suceden sin pausa en un magistral accelerando de la acción, ya de cara a su final. Pero, en rigor, todo es magistral en esta novela que transparece la sabiduría maliciosa de un escritor veterano y la inventiva inagotable y nueva del que nos deslumbró hace algo más de medio siglo.

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LA MISIÓN DE EDUCAR

Educar es lo mismo que ponerle un motor a una barca. Hay que medir, pesar, equilibrar... y poner todo en marcha. Pero para eso uno tiene que llevar en el alma un poco de marino, un poco de pirata, un poco de poeta, y un kilo y medio de de paciencia concentrada. Pero es consolador soñar, que ese inexperto barco mientras uno lo trabaja, irá muy lejos por el agua. Soñar que ese navío llevará nuestra carga de palabras hacia puertos distantes, hasta islas lejanas. Soñar que cuando un día esté durmiendo nuestra propia barca, en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada. Manuela Fernández

A MI HONORABLE PADRE. 19/05/08

A mi honorable padre.

Me encuentro en una situación difícil, pero cómoda. Es como si flotara en el espacio de los recuerdos. Todo sabe a recuerdos, todo son momentos vividos. Si camino, recuerdo; si pienso recuerdo más intensamente; si tomo cerveza, recuerdo instantes que compartimos; si voy a la compra, él siempre está presente. Todo lo que hay a mi alrededor me recuerda a él. Sueño con su presencia. Fue una persona muy importante en mi vida y para mi vida. Le dije millones de veces que lo quería y eso me reconforta sobremanera. Ahí ando, en estos senderos me encuentro. En alguna ocasión, los lagrimales vierten alguna gota de dolor. Sigo viviéndolo mucho más intensamente que cuando me regalaba su presencia.
Fue un hombre bueno, un buen hombre. Íntegro hasta la exageración. Honesto hasta hacer de la honestidad misma su modo de vivir. Paciente como el mejor chacal que espera el movimiento de su presa para capturarla, él para ayudarla. No tenía palabras de más, las que usaba se llenaban de esperanza y de emoción contenida. Lo quise hasta la profundidad del alma compartida y amiga. Tuve poca comunicación con él en los últimos años porque se apagaba su intelecto y, a la vez, su generosidad de coloso humano.Todo huele a él; todo sabe a él; todo suena a él. A él. A él mismo.

Siempre te recordaré, siempre te querré querido papá.

IN MEMORIAM - Tu hijo Josemari.


A MI MUSA

A MI MUSA

¿Y ahora qué? Ya no estás a mi lado.
Tu presencia se deshace tal el hielo
en fuego, se fija como una obsesión
que me llena y me llega y me yaga
en tremendos nubarrones irónicos
que deshacen amapolas de sueño.
Ese sueño sutil y estremecedor
de tu voz, de tu sonrisa,
de tus angelosos labios,
purpúreos y carnosos.
¡Dímelo al oído cuando estés!
Dime que quieres sólo un susurro mío,
un agradable abrazo mío, tal vez
un espontáneo beso mío.
¡Dímelo cuando estés!
Dime que el sueño sueña,
dime que el amor ama,
dime que sin llorar lloras,
dime que no podemos hacer nada,
dime que me quieres.
¡Dímelo cuando estés!
Te quiero a morir, planeta de mis sueños.

PARA MI VIDA, PARA TI.


PARA MI VIDA, PARA TI.

Amor, azucena celestial,
que nada entre espumosas olas,
¿por qué no me dices que me quieres?
¿por qué no colocas tu dulce,
perfume entre caracolas?
Dime amor, huele mi perfume,
ama mi instante, sueña con
tu sombra, con tu recuerdo,
inventa la estrella, ama el infinito
exhala perfumes inquietos
y dormidos silencios de placer.
¿Por qué no me dices que me quieres?
Hambre de mis venas,
Elegíaca amaca,
Luz de mis luces,
Entrada de mis penas,
Novela sin escribir,
Amor de mi vida.
¿Qué quieres que te diga más?
¿Qué? ¿Qué sueñas?