La
familia de Sánchez Ferlosio ha emprendido la ordenación de su gran
ciclo narrativo inédito: 'Historia de las guerras barcialeas'
Caja con cuadernos de apuntes sobre gramática de los años 1958 a 1962.
ÁLVARO GARCÍA
"Nunca he abierto esa caja”. Demetria Chamorro, viuda de Rafael Sánchez Ferlosio,
se refiere a una especie de maleta de madera guardada en un armario en
la casa madrileña que compartió con el escritor hasta su muerte en abril
pasado. “No me he visto capaz. Algún día me he puesto a mirar papeles,
pero después de un rato lo tengo que dejar. Me enfermo”, dice
emocionada. La caja pesa como si guardara herramientas, una de las
aficiones del escritor. No tiene llave pero cuesta abrirla. Hecha la
operación, aparece una colección de cuadernos y una inscripción del
propio Ferlosio en la cara interior de la tapadera: “Poco vale, para lo
que abulta, lo que hay aquí. Hay que mirar siempre a los resultados,
desde luego, pero que eso no lleve a la ingratitud. 72 cuadernos que
podrían ser uno, pero cuatro años (X-58 a X-62) de la gran felicidad”. Y
un añadido rodeado con un círculo: “Revisión 1972”.
El autor de Las semanas del jardín se refiere a la década y
media que pasó encerrado en su casa de la calle Prieto Ureña estudiando
gramática y escribiendo sobre ella. Los cuadernos de la caja son una
ínfima parte —hay otros dos armarios llenos— de notas en las que se
habla de los casos latinos, la relación entre concepto y metáfora o la
idea de transposición en Karl Bühler. A su vez, esa parte dedicada a la
lingüística no es más que un rincón del inagotable universo ferlosiano:
en el mismo armario hay 60 carpetas más, en las que conviven sus glosas a
las Crónicas de Indias, sus aforismos —los famosos pecios—, sus
comentarios a los periódicos o el rastro de sus polémicas públicas. En
los mismos estantes hay una carpeta identificada con la etiqueta Sobre las traducciones. Sobre las eras.
En su interior hay un ejemplar del libro de Stephen Jay Gould Milenio
junto a los apuntes manuscritos y mecanografiados usados por Ferlosio en
1998 durante su diatriba con el paleontólogo estadounidense —al que
llama “lumbrera moderna”— para dilucidar si el siglo XXI empezaba en el
año 2000 o en 2001. “El cero lo puso ahí Dionisio y ustedes no lo ven”,
se lee en una nota. Y en otra: “No es lo mismo lugar vacío que no
lugar”.
La Biblioteca Nacional se ha interesado por este legado, como dice
Félix de Azúa, nada sistemático pero muy ordenado. Cada cuaderno y
libreta están fechados, numerados y escritos con letra perfectamente
legible. “Rafael daba mucha importancia a la caligrafía”, explica su
viuda, que no se atreve a aventurar el número de páginas que puede
guardar en casa. El mejor amigo de Sánchez Ferlosio, el filósofo Tomás
Pollán, ha hablado alguna vez, con todas las prevenciones, de 200.000.
Los expertos de la Biblioteca no han hecho por ahora más que abrir los
armarios, pero Demetria lleva ya semanas trabajando en un proyecto que
su marido nunca se animó a acometer: editar la Historia de las guerras barcialeas,
un monumental ciclo narrativo en torno a un territorio imaginario del
que hasta ahora solo se conocía una mínima parte: dos relatos recogidos
en el volumen de 2005 El geco y, sobre todo, El testimonio de Yarfoz, que en 1986 recordó que, desde Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951) y El Jarama
(1955), Ferlosio era, mal que le pesara, uno de los grandes novelistas
de la segunda mitad del siglo XX. El autor llegó a decir que de la
historia total de las guerras del río Barcial tenía escritas “cien veces
más” de lo publicado. Su viuda acaba de traer de la copistería lo
correspondiente a un pequeño baúl de lata con 20 cuadernos escritos de
forma “progresiva y regresiva”. Es decir, empezando a la vez por la
primera hoja y por la última.
Una vez desbrozado el terreno, la edición de la novela resultante —si
es que es solo una novela— correrá a cargo de Ignacio Echevarría,
responsable de la publicación de los ensayos y novelas de Ferlosio en
Literatura Random House y Debolsillo. Esos volúmenes conviven en otros
armarios con una maleta llena de cartas de Rafael Sánchez Mazas —padre del escritor—, sobres con fotos familiares de Carmen Martín Gaite
—su primera esposa— y de Marta, la hija de ambos, fallecida en 1985 a
los 29 años. A todo ello hay que sumar las misivas del propio escritor
—“no hay muchas, no era de mantener una correspondencia”—, sus dibujos y
recortes de prensa: estudiaba con la misma dedicación —y con la misma
irritación a veces— un pasaje de Herodoto, una frase de Ortega y Gasset o
una “canela fina” de Luis María Anson. “No sé qué diría Rafael de tanto
movimiento de papeles”, se pregunta Demetria, que recuerda el enorme
pudor de su marido. Sobre el mueble del salón está la escultura que
recibió junto al premio Cervantes de 2004: “Se pasó años escondiéndola
para que nadie la viera cada vez que yo la ponía ahí”
La Biblioteca Nacional adquiere el archivo de Sánchez Ferlosio
Cultura
paga 350.000 euros por el legado del escritor. El fondo está compuesto
por más de 1.200 documentos entre cartas, fotos, dibujos y centenares de
cuadernos.
Autorretrato inédito de Rafael Sánchez Ferlosio
'Babelia'
publica una entrevista de Félix de Azúa al autor de 'El Jarama', mítica
por la negativa del escritor a que viera la luz
Realizada para un homenaje preparado en 1997 por la revista Archipiélago, esta entrevista ve la luz por primera vez. Incómodo con el resultado, el autor de Alfanhuí la retiró y, a cambio, escribió su texto más autobiográfico: La forja de un plumífero.
La entrevista tuvo lugar en el domicilio madrileño de Rafael Sánchez Ferlosio el jueves 19 de junio de 1997. El termómetro de la Puerta del Sol
marcó ese día los 35 grados. En nuestro primer encuentro, el miércoles,
Ferlosio me había preguntado: "¿Tú sueles comer al mediodía?", pero
habiendo yo arriesgado una afirmación bastante endeble, se vio en el
deber de añadir: "Es que la primera sesión deberíamos hacerla de doce a
seis de la tarde, y aunque yo suelo despachar el almuerzo con unos potitos, tú, a tu edad...".Rafael Sánchez Ferlosio (derecha), en 1977, en
Coria con su hermano Chicho (izquierda) y el escritor Julio Martín
Casas, compañero de estudios de Chicho en Salamanca
El jueves comenzamos puntualmente a las doce y no hubo
interrupción para comer potitos. Dimos cuenta, eso sí, de cuatro flautas
que yo había comprado en el Boccatta's de la esquina, pero sin dejar de
hablar ni un segundo. A las cuatro y media me derrumbé, pedí tregua y
comprobé que había agotado las cintas. Ferlosio seguía tan fresco. Y es
que a mi edad...
Toda entrevista es injustificable a menos que aporte
alguna información de difícil acceso sobre un escritor notable aunque
por alguna razón poco conocido. También puede ser aquel artículo que el
entrevistado nunca escribiría, sea por pudor, sea por sentido de la
responsabilidad, pero que desearía escribir o incluso desearía que
cualquier otro escribiera. He tratado de reunir ambas justificaciones en
una sola entrevista y en las páginas que siguen el lector encontrará
las frases de Ferlosio que me han parecido más significativas acerca de
estos cuatro asuntos: afinidades de orden intelectual, etapas de su obra
literaria, reticencias sobre la ficción y uno de sus temas medulares al
que llamaremos provisionalmente y en memoria de Walter Benjamin
"círculos del destino y del carácter".
En el espacio razonablemente concedido por Archipiélago
para la entrevista he resumido tres horas de conversación grabada,
otras tantas apuntadas a mano y un cuaderno de notas personales que
Ferlosio tuvo la generosidad de ofrecerme como ayuda de memoria para la
redacción final. Ni que decir tiene que esa palabra, "generosidad",
es la que mejor define a un escritor cuya habilidad artística solo es
comparable con el coraje moral que la vivifica. Es cierto que la
literatura brilla por sí misma y toda apoyatura moral le es enemiga,
pero si la energía que hace brillar la prosa literaria fluye de un
espíritu bueno y no de un alma tullida, entonces a la admiración se le
añade la simpatía y con ello se alcanza la excelencia. Me gustaría haber
contribuido al retrato de un hombre excelente.
De mi infancia recuerdo con agrado la vida en Italia y
cómo nos deslizábamos por la pinaza de la Villa Aldobrandini (Anzio).
Desde la adolescencia fui el predilecto de mi padre, quizás por nuestra
afinidad hacia las letras. Un día, cuando yo tendría sobre los 18 años
irrumpió en mi cuarto y me espetó: 'Rafael, ¿tú crees que se puede
escribir gémula iridiscente? ¡Gémula iridiscente!'. Era de Ortega. Compartíamos un odio por “la bella prosa” que no me libró, como veremos, de caer en ella.
Hacia 1946 entré a formar parte del grupo de amigos de
mi hermano Miguel, pero rompí con ellos el día en que decidieron asaltar
una iglesia protestante. A mí me parecía una barbaridad. Así que pasé
luego dos años solo, hasta que constituí una fratría con Aldecoa y el
grupo Arte Nuevo, que eran Alfonso Sastre, José María de Quinto, Medardo
Fraile, algo más tarde Fernández Santos... En la pensión de Aldecoa,
hacia 1951, comencé a leerles lo que llevaba escrito de Alfanhuí.
Siendo casi todos hombres de teatro, tenían una admiración grande por
Jardiel Poncela y empezaron a sentarse con él, pero a mí me parecía el
ser más odioso, arbitrario y estúpido que se pueda imaginar, de modo que
también me retiré bastante de ellos.
Juan Benet tenía alguna relación con ese grupo a través
de José María Valverde, que fue quien trajo a Gambrinus a Víctor Sánchez
de Zavala. Entre todos pusieron en marcha lo que llamaban 'la
Universidad libre de Gambrinus', a cuya tertulia yo acudía de vez en
cuando. También leía mis horribles poemas a Valverde. Mi padre no le
apreciaba. Decía: 'Estos que quieren hacer discipulitos'.
En 1953 me casé y comencé a redactar El Jarama.
Yo era un autodidacta, sin influencia de personas, aunque mucha gente
ha tenido más autoridad sobre mí de la que ellos suponían. Por ejemplo,
tenía una enorme autoridad Sánchez de Zavala. Era un hombre muy
inteligente pero le cogí rencor porque cuando me sumergí en el universo
de la gramática y empezamos a reunirnos para hablar juntos de cuestiones
de lenguaje con Carlos Peregrín Otero, Carlos Piera, Isabel Llácer y
otros más (él lo llamaba 'el círculo lingüístico de Madrid') le dijo un
día a Carmen Martín Gaite, en medio de la calle, que estaba estudiando
con Piera, Llácer y otros, pero sin citarme a mí: 'Es que no se puede
trabajar con aficionados'. Me había excluido.
Así que seguí trabajando por mi cuenta y me hundí en las
anfetaminas y la gramática durante quince años. No quería ver a nadie.
Por aquellos años venía a visitarnos casi cada día un escritor, que se
aburría soberanamente, pero yo apagaba la luz de mi cuarto y Carmen
Martín Gaite le decía que estaba durmiendo y que no podía despertarme.
Allí esperaba, a oscuras, a veces horas, hasta que se iba, para poder
seguir con lo mío. Llegue a estar seis días y seis noches sin parar. Me
tragaba un tubo entero de Centramina o de Simpatina, que eran muy malas.
Con las anfetaminas, lo normal era trabajar intensamente
sobre los cuatro días, luego dormía un día entero con una maravillosa
bajada de tensión. Y después cogía a mi niña y me pasaba tres días con
ella. Íbamos a ver cuadros; le gustaba mucho El Bosco porque, como ella
decía, 'tiene mucho'; y La laguna estigia de Patinir. Éste que cuelga de la pared [El triunfo de la muerte
de Brueghel el Viejo] era su favorito. Yo no quería enseñárselo, por
esa tontería de los padres de evitar a nuestros hijos pequeños la visión
de la muerte, y me la llevaba hacia El carro del heno, que está al lado, pero me cazó. Era muy difícil de engañar. Se convirtió en su cuadro favorito.
Al cabo de tres días me encerraba otra vez. Primero
tomaba dos Centraminas para ponerme en marcha, luego cuatro; el segundo,
tercer y cuarto día eran los mejores y en los dos últimos venía el
descenso. Me quedaba despierto sin necesidad de tomar pastillas; la
excitación cerebral era de tal categoría... Luego caía tumbado. Fueron
quince años, del 57 al 72, de máxima intensidad gramatical; nunca lo he
pasado mejor. Siempre he escrito o leído a la luz de la bombilla, así
que fueron cinco mil noches, más o menos, las que dediqué a la gramática
y a las anfetaminas.
En 1970 me fui a vivir a la calle Prieto Ureña, en donde
sucumbí al desorden y la animalización, casi a la destrucción. Volví al
mono. La anfetamina (ahora usaba la extraordinaria Dexedrina Spansuls)
es (al menos imaginariamente) muy industriosa. Me aficioné a las
herramientas y a los pegamentos (fue la gran temporada de los epoxi); dibujaba muebles, como el vargueño rampante
del que desarrollé muchos modelos, que luego era incapaz de construir.
Todo el piso estaba cubierto de basura menos un caminito que llevaba al
armario de herramientas. Yo hacía manualidades, jugaba con tornillos,
con pegamentos, hacía manufacturas con tubos de plástico y diversas
carpinterías inútiles... Cuando me sacaron de allí había sacos enteros
llenos de tubitos de plástico. A veces perdía la conciencia, gateaba a
cuatro patas y gruñendo, y no entendía ni siquiera los tornillos, no
sabía lo que eran. Me dio por usar un soldador y me quemé el brazo
izquierdo; eran quinientos o seiscientos grados. Llegué al extremo de la
degradación. Tenía lo que denominé 'alucinaciones olfativas'. De modo
que la química me encerró entre dos frentes [el de la anfetamina y el de
los epoxi] y me tuvo sitiado casi un par de años hasta que me salvó el
dueño de la casa, que me dio 400.000 pesetas para recobrar el piso.
Rafael
Sánchez Ferlosio (derecha), en 1977, en Coria con su hermano Chicho
(izquierda) y el escritor Julio Martín Casas, compañero de estudios de
Chicho en Salamanca.ÁLVARO GARCÍA / ARCHIVO SÁNCHEZ FERLOSIO
Realizada para un homenaje preparado en 1997 por la revista Archipiélago, esta entrevista ve la luz por primera vez. Incómodo con el resultado, el autor de Alfanhuí la retiró y, a cambio, escribió su texto más autobiográfico: La forja de un plumífero.
La entrevista tuvo lugar en el domicilio madrileño de Rafael Sánchez Ferlosio el jueves 19 de junio de 1997. El termómetro de la Puerta del Sol
marcó ese día los 35 grados. En nuestro primer encuentro, el miércoles,
Ferlosio me había preguntado: "¿Tú sueles comer al mediodía?", pero
habiendo yo arriesgado una afirmación bastante endeble, se vio en el
deber de añadir: "Es que la primera sesión deberíamos hacerla de doce a
seis de la tarde, y aunque yo suelo despachar el almuerzo con unos potitos, tú, a tu edad...".
El jueves comenzamos puntualmente a las doce y no hubo
interrupción para comer potitos. Dimos cuenta, eso sí, de cuatro flautas
que yo había comprado en el Boccatta's de la esquina, pero sin dejar de
hablar ni un segundo. A las cuatro y media me derrumbé, pedí tregua y
comprobé que había agotado las cintas. Ferlosio seguía tan fresco. Y es
que a mi edad...
Toda entrevista es injustificable a menos que aporte
alguna información de difícil acceso sobre un escritor notable aunque
por alguna razón poco conocido. También puede ser aquel artículo que el
entrevistado nunca escribiría, sea por pudor, sea por sentido de la
responsabilidad, pero que desearía escribir o incluso desearía que
cualquier otro escribiera. He tratado de reunir ambas justificaciones en
una sola entrevista y en las páginas que siguen el lector encontrará
las frases de Ferlosio que me han parecido más significativas acerca de
estos cuatro asuntos: afinidades de orden intelectual, etapas de su obra
literaria, reticencias sobre la ficción y uno de sus temas medulares al
que llamaremos provisionalmente y en memoria de Walter Benjamin
"círculos del destino y del carácter".
En el espacio razonablemente concedido por Archipiélago
para la entrevista he resumido tres horas de conversación grabada,
otras tantas apuntadas a mano y un cuaderno de notas personales que
Ferlosio tuvo la generosidad de ofrecerme como ayuda de memoria para la
redacción final. Ni que decir tiene que esa palabra, "generosidad",
es la que mejor define a un escritor cuya habilidad artística solo es
comparable con el coraje moral que la vivifica. Es cierto que la
literatura brilla por sí misma y toda apoyatura moral le es enemiga,
pero si la energía que hace brillar la prosa literaria fluye de un
espíritu bueno y no de un alma tullida, entonces a la admiración se le
añade la simpatía y con ello se alcanza la excelencia. Me gustaría haber
contribuido al retrato de un hombre excelente.
Afinidades
ampliar fotoUno de los cuadernos inéditos de Ferlosio.Álvaro García
"Vamos a zanjar de una vez por todas este vidrioso asunto
para no volver a escarbar en él nunca jamás. Me pago de ser muy poco
cotilla, tanto respecto de los demás como de mí mismo, ni siquiera con
el diario de un escritor tan incomparable como Kafka he podido hacer
otra cosa más que zapping.
De mi infancia recuerdo con agrado la vida en Italia y
cómo nos deslizábamos por la pinaza de la Villa Aldobrandini (Anzio).
Desde la adolescencia fui el predilecto de mi padre, quizás por nuestra
afinidad hacia las letras. Un día, cuando yo tendría sobre los 18 años
irrumpió en mi cuarto y me espetó: 'Rafael, ¿tú crees que se puede
escribir gémula iridiscente? ¡Gémula iridiscente!'. Era de Ortega. Compartíamos un odio por “la bella prosa” que no me libró, como veremos, de caer en ella.
Hacia 1946 entré a formar parte del grupo de amigos de
mi hermano Miguel, pero rompí con ellos el día en que decidieron asaltar
una iglesia protestante. A mí me parecía una barbaridad. Así que pasé
luego dos años solo, hasta que constituí una fratría con Aldecoa y el
grupo Arte Nuevo, que eran Alfonso Sastre, José María de Quinto, Medardo
Fraile, algo más tarde Fernández Santos... En la pensión de Aldecoa,
hacia 1951, comencé a leerles lo que llevaba escrito de Alfanhuí.
Siendo casi todos hombres de teatro, tenían una admiración grande por
Jardiel Poncela y empezaron a sentarse con él, pero a mí me parecía el
ser más odioso, arbitrario y estúpido que se pueda imaginar, de modo que
también me retiré bastante de ellos.
Juan Benet tenía alguna relación con ese grupo a través
de José María Valverde, que fue quien trajo a Gambrinus a Víctor Sánchez
de Zavala. Entre todos pusieron en marcha lo que llamaban 'la
Universidad libre de Gambrinus', a cuya tertulia yo acudía de vez en
cuando. También leía mis horribles poemas a Valverde. Mi padre no le
apreciaba. Decía: 'Estos que quieren hacer discipulitos'.
En 1953 me casé y comencé a redactar El Jarama.
Yo era un autodidacta, sin influencia de personas, aunque mucha gente
ha tenido más autoridad sobre mí de la que ellos suponían. Por ejemplo,
tenía una enorme autoridad Sánchez de Zavala. Era un hombre muy
inteligente pero le cogí rencor porque cuando me sumergí en el universo
de la gramática y empezamos a reunirnos para hablar juntos de cuestiones
de lenguaje con Carlos Peregrín Otero, Carlos Piera, Isabel Llácer y
otros más (él lo llamaba 'el círculo lingüístico de Madrid') le dijo un
día a Carmen Martín Gaite, en medio de la calle, que estaba estudiando
con Piera, Llácer y otros, pero sin citarme a mí: 'Es que no se puede
trabajar con aficionados'. Me había excluido.
Así que seguí trabajando por mi cuenta y me hundí en las
anfetaminas y la gramática durante quince años. No quería ver a nadie.
Por aquellos años venía a visitarnos casi cada día un escritor, que se
aburría soberanamente, pero yo apagaba la luz de mi cuarto y Carmen
Martín Gaite le decía que estaba durmiendo y que no podía despertarme.
Allí esperaba, a oscuras, a veces horas, hasta que se iba, para poder
seguir con lo mío. Llegue a estar seis días y seis noches sin parar. Me
tragaba un tubo entero de Centramina o de Simpatina, que eran muy malas.
Rafael
Sánchez Ferlosio (tercero por la izquierda en la segunda fila desde
arriba), con sus compañeros y profesores del colegio de los jesuitas de
Villafranca de los Barros (Badajoz), donde estudió en su adolescencia.
La fotografía está retocada con con dibujos del escritorÁlvaro García / Archivo Sánchez Ferlosio.
Con las anfetaminas, lo normal era trabajar intensamente
sobre los cuatro días, luego dormía un día entero con una maravillosa
bajada de tensión. Y después cogía a mi niña y me pasaba tres días con
ella. Íbamos a ver cuadros; le gustaba mucho El Bosco porque, como ella
decía, 'tiene mucho'; y La laguna estigia de Patinir. Éste que cuelga de la pared [El triunfo de la muerte
de Brueghel el Viejo] era su favorito. Yo no quería enseñárselo, por
esa tontería de los padres de evitar a nuestros hijos pequeños la visión
de la muerte, y me la llevaba hacia El carro del heno, que está al lado, pero me cazó. Era muy difícil de engañar. Se convirtió en su cuadro favorito.
Al cabo de tres días me encerraba otra vez. Primero
tomaba dos Centraminas para ponerme en marcha, luego cuatro; el segundo,
tercer y cuarto día eran los mejores y en los dos últimos venía el
descenso. Me quedaba despierto sin necesidad de tomar pastillas; la
excitación cerebral era de tal categoría... Luego caía tumbado. Fueron
quince años, del 57 al 72, de máxima intensidad gramatical; nunca lo he
pasado mejor. Siempre he escrito o leído a la luz de la bombilla, así
que fueron cinco mil noches, más o menos, las que dediqué a la gramática
y a las anfetaminas.
En 1970 me fui a vivir a la calle Prieto Ureña, en donde
sucumbí al desorden y la animalización, casi a la destrucción. Volví al
mono. La anfetamina (ahora usaba la extraordinaria Dexedrina Spansuls)
es (al menos imaginariamente) muy industriosa. Me aficioné a las
herramientas y a los pegamentos (fue la gran temporada de los epoxi); dibujaba muebles, como el vargueño rampante
del que desarrollé muchos modelos, que luego era incapaz de construir.
Todo el piso estaba cubierto de basura menos un caminito que llevaba al
armario de herramientas. Yo hacía manualidades, jugaba con tornillos,
con pegamentos, hacía manufacturas con tubos de plástico y diversas
carpinterías inútiles... Cuando me sacaron de allí había sacos enteros
llenos de tubitos de plástico. A veces perdía la conciencia, gateaba a
cuatro patas y gruñendo, y no entendía ni siquiera los tornillos, no
sabía lo que eran. Me dio por usar un soldador y me quemé el brazo
izquierdo; eran quinientos o seiscientos grados. Llegué al extremo de la
degradación. Tenía lo que denominé 'alucinaciones olfativas'. De modo
que la química me encerró entre dos frentes [el de la anfetamina y el de
los epoxi] y me tuvo sitiado casi un par de años hasta que me salvó el
dueño de la casa, que me dio 400.000 pesetas para recobrar el piso.
Otros dos cuadernos de notas del escritor.Álvaro García
La caligrafía empezó a disparárseme hasta descomponerse,
en ocasiones, casi por completo. Ya verás. [Me enseña unos cuadernos
con garabatos, rayas incomprensibles, borrones; en uno de ellos
desentraña la palabra “número”, una línea que cae hasta ocupar toda la
página]. Ahora he recobrado la caligrafía. Yo creo que la caligrafía
salva del alzhéimer. La caligrafía ahora la tengo muy bien.
En aquellos años setenta y sin dejar del todo la
gramática, comencé a leer mucha historia, nunca separada de la
sociología. Había empezado a escribir la crónica de las guerras
barcialeas a finales de 1969 como un entretenimiento, pero luego el
Barcial fue creciendo mucho. Solo se conoce El testamento de Yarfoz,
pero hay como cien veces más; no sé si podré editarlo nunca porque
tendría que trabajar muchísimo para sacar de todo aquello algo en
limpio. También escribí las notas para el Víctor de L'Aveyron, y luego preparé las dos primeras Semanas del jardín.
La semana tercera está empezada y trata sobre “las figuras”. Tampoco he
tenido luego ánimos para desarrollarla y disponerla para la edición.
En 1980 me mudé a la glorieta de Bilbao. Allí preparé la edición de Yarfoz,
con mucho esfuerzo porque a mí me interesaba por encima de todo dar la
historia de los babuinos mendicantes, lo que me obligó a redactar muchas
partes nuevas. También escribí algunos libelos de los que han aparecido
El ejército nacional, Mientras no cambien los dioses, y quizás algún otro. Las celebraciones del descubrimiento de América me obligaron a redactar Esas Yndias equivocadas y malditas. ¿Lo has leído? ¡Pero si es insoportable...!
Ya aquí, en la calle Agustín de Rojas, he ido
escribiendo y pasando a limpio las últimas cosas, las colecciones de
ensayo que ha editado Destino, los artículos de EL PAÍS y la revista Claves, y ya tengo listo para publicar El castellano y la constitución
y un nuevo volumen de ensayos donde va el artículo sobre la belleza, la
diatriba contra el deporte, cosas sobre el liberalismo y la economía...
En fin, todo eso.
Etapas literarias
"Primero incurrí en “la bella prosa”, después quise
divertirme con el habla y finalmente, tras todos los años de gramática y
anfetamina, me encontré con la lengua.
En Alfanhuí hice lo que después más he odiado;
algo que estaba entre Azorín y Miró (hay un ejemplo demoledor en el
capítulo XV de la primera parte). Escribía un capítulo cada noche, muy
de prisa, y está lleno de monerías como aquella 'gémula iridiscente' de
Ortega. En cuanto a El Jarama, lo primero que hay que decir es de qué manera se escribió.
Durante mi servicio militar tuve conmilitones de todas
las regiones españolas, la gran mayoría obreros. Allí, primero en Bab
Tazza, luego en Tetuán y al final en la Mehalla de Xauen, me familiaricé
con el habla popular. Yo ya conocía las formas rurales extremeñas, pero
no las del resto de la antigua Corona de Castilla, desde Asturias hasta
Almería. Solo los catalanes, que eran doce, hablaban en su lengua;
tenían un portavoz para las relaciones exteriores, un chico llamado
Caparrós, tal vez dependiente de comercio.
Yo apuntaba sistemáticamente los giros, las
construcciones, las palabras que me llamaban la atención, y acumulaba en
una lista largas filas de “modismos” y retorsiones sintácticas. Sobre
tal urdimbre se tejió El Jarama. Si volviese sobre esa novela,
podría señalar qué conversaciones fueron inventadas sin más motivo que
el de abrirle sitio a tal o cual ítem de mi lista, porque las
conversaciones de la novela iban hacia ese determinado giro. Era el
habla lo que construía a los personajes, unos más rurales, otros más
urbanos, todos construidos por su habla.
Es un procedimiento que a lo mejor puede recordar al de
Lope cuando escribe una comedia para ilustrar una copla popular, pero no
tiene nada que ver. La coplilla de El caballero de Olmedo, por ejemplo, vale más que todo el texto de Lope. Como dijo un italiano, oggi sarebe stato un cinematografaro (así lo dicen los de Roma, cinematografaro), 'hoy habría sido director de cine'. Era un bellaco. Un monopolista que impedía el ascenso de los nóveles. En Fuenteovejuna
violan a todas las mujeres menos a la heroína. Recuerdo que eso le
indignaba a Buero Vallejo, y con razón. Ahora hay un anuncio en la tele
donde se ve a una pareja en la cama disfrutando del pecado, pero luego
entran unos niños y resulta que se trataba de un matrimonio y estaban
disfrutando de la virtud. Eso es lo que hace Lope en Fuenteovejuna, tranquilizar a las buenas conciencias; el pecado a un lado y la virtud al otro.
Después de las guerras barcialeas ya no he escrito más
novelas, y me alegro, porque de haberlas escrito me habría supeditado a
lo que socialmente se espera de cada uno de nosotros (por eso de que
'hay que ser algo en este mundo'), y a mí me repugnaba el grotesco
papelón de literato. Así que cuando cayó en mis manos la Teoría del lenguaje
de Karl Bühler me sumergí en lo que la Iglesia católica denomina “un
retiro para dedicarse a altos estudios eclesiásticos”. Lo dicen de
aquellos sacerdotes molestos o insumisos a los que retiran una temporada
de la circulación. Bien podría decirse que yo estoy metido en “altos
estudios eclesiásticos” desde entonces.
Para escribir ficción se te ha de ocurrir algo muy
especial y yo tengo otros asuntos en que pensar. Me absorben más estas
cosas: una carta a mi primo, un artículo sobre Bousoño, lo de la
belleza, una crítica a Adorno (este hombre no entendió nunca lo que es
la pureza), el peso de la historia... Pero en los ensayos y
artículos, aunque hay poca ficción, sigue habiendo literatura, como en
la historia del autómata de feria que aparece en Si la flecha está en el arco. Literatura siempre hay, creo yo.
Hace poco, sin embargo, escribí algo de ficción, pero no
acaba de... Es débil. Me da un poco de vergüenza, soy una persona
inculta. Ya verás... [Empieza a sacar carpetas y cuadernos de las
estanterías. Hay cientos de carpetas, cientos de cuadernos. Me los
muestra por fuera y luego por dentro. Por fuera, una etiqueta informa
sobre la fecha de redacción y sobre el contenido. Por dentro, miles de
folios escritos a máquina, miles de páginas escritas con una letra clara
y precisa, dan idea de un trabajo colosal, quizás poco sistemático,
pero ordenado. ¿Cuántos libros interrumpidos, incompletos, pendientes de
revisión o —lo más probable— terminados aunque no a la completa
satisfacción de su dueño, habrá en esta casa? ¿Doscientos?].
Reticencias
"Tengo muchas objeciones que hacer a las novelas tal y
como se escriben hoy día, pero sobre todo a la ficción tal y como se
concibe ahora. Voy a poner un ejemplo: los ingleses hicieron aquella
película horrible sobre Lord Jim, de Conrad, con ese gestero,
Peter O’Toole, en donde confundían por completo la idea principal de la
novela. Lo esencial del relato es cómo, poco a poco, se aleja la
información que sobre Lord Jim van recibiendo los británicos: Hong Kong,
Shangay, Borneo… así hasta esfumarse en lo desconocido. Las noticias
son siempre objetivas y externas, nunca entramos en la intimidad de Lord
Jim. Pero los ingleses de la película psicologizan el honor y lo
presentan como si Jim quisiera 'recobrar el respeto de sí mismo',
demostrarse a sí mismo que no es un cobarde. Eso es aborrecible. El
honor no es algo interno, sino externo, referido a los otros hombres. El
honor es una relación de lealtad con el prójimo, no es 'fallarse a sí
mismo' sino 'fallar a los demás'. Lo que Lord Jim no puede soportar es
haberles fallado a los musulmanes, ¡no a sí mismo! Su pecado es
objetivo, no subjetivo. La recepción de su peripecia ha de ser
igualmente objetiva.
Este atropello, cometido contra una novela
extraordinaria, es una actitud cada vez más extendida, es decir, la
substitución de virtudes objetivas por elementos psicológicos e
individuales que “explican” la acción. Por eso no leo novelas actuales,
las pocas veces que lo hago me encuentro cada vez con mayor frecuencia
estos abusos de la psicología.
No tengo nada contra la novela psicológica, pero es muy difícil no caer en excesos. Le sucede incluso a Dostoievski. En Crimen y castigo,
por ejemplo, hay una escena que describe hasta seis sentimientos
encontrados de Raskólnikov. Está solo, en su cuarto, ¡y se debate entre
seis pasiones simultáneas! Sin embargo, ¿alguien sabe lo que es una
'turbación psicológica'? Eso es un invento arbitrario, nadie puede saber
cómo se define lingüísticamente un sentimiento, es un campo por
completo confuso. Las conversaciones con el comisario, en cambio, son
magníficas; allí los personajes se definen hacia fuera, con el habla, y
eso es lo importante en una narración: exponer cómo quiere aparecer cada
personaje ante los otros.
En un diario, o en una novela epistolar, es más fácil
verbalizar el estado íntimo. Choderlos de Laclos, por ejemplo,
transcribe en Les Liaisons dangereuses autorrepresentaciones
escritas por los mismos personajes, y de ese modo escapa al
psicologismo. Cada personaje aparece tal y como quiere que le vean los
restantes personajes. Que el autor quiera penetrar con su palabra en
algo que es esencialmente confuso e inefable como son los sentimientos,
etcétera, eso me pone muy nervioso y acabo cerrando el libro. El único
'realismo' posible es la autorrepresentación. El personaje ha de
manifestarse por sí mismo.
Sucede que ahora hay cada vez más novelistas que
inventan primero el esquema caracteriológico de los personajes y luego
lo aplican como si fuera un molde. Moravia, por ejemplo, en El inconformista,
describe a un niño que martiriza con una vara primero a unas plantas,
luego a un gato, y por fin a un niño. Esta gradación psicológica es un
artificio insoportable. Cuando en mi camino hacia la lengua me encontré
con Yarfoz procuré que todos los personajes se explicaran desde
el exterior, y por un igual. Nunca he podido soportar a los escritores
que no guardan idéntico respeto a todos los personajes. Hay una gran
diferencia entre reírse con el personaje y reírse de un personaje.
Las novelas están regidas por un conjunto de
convenciones al que he denominado 'el derecho narrativo'. Si no respetas
esas convenciones, el lector te abandona. Por ejemplo, el desafío entre
Saladino y Ricardo Corazón de León. El príncipe inglés toma un mandoble
y usándolo como si fuera un hacha parte un tremendo tronco. Pero
Saladino coge su cimitarra, lanza al aire un cendal de seda o un cojín
de plumas (según las versiones del cuento) y cae el cendal partido en
dos, o el cojín sin que vuele una sola pluma. Si antepones la acción de
Saladino a la de Ricardo, entonces el cuento es absurdo, idiota, porque
el sentido es: 'la fuerza sutil es superior a la fuerza bruta'. Estas
convenciones son constantes e inexorables. Desde el comienzo de la
narración sabes quién no puede absolutamente morir, o solo puede morir
al final, y quién puede sobrevivir. La narración es una sucesión de
acontecimientos regidos por derecho, pero ese 'derecho narrativo' se
respeta cada vez menos, quizás por influencia del cine y de la
televisión.
Hace dos veranos leí varias novelas españolas, cosa que
evito rigurosamente. Una no pude leerla porque la tipografía me pareció
incomprensible, comenzaba con las primeras líneas del párrafo sangradas
sin necesidad evidente. La segunda era entretenida pero de pronto
aparecía un deux ex machina... Y la tercera también se estropea
al final, aunque debo decir que las descripciones del paisaje andaluz
me parecieron muy buenas; clásicas, sin aporte de novedad, pero muy
vívidas. Luego ya no he leído más.
Eso en cuanto a los personajes, pero en cuanto a la
prosa, a mí me complacen mucho las posibilidades hipotácticas del
castellano escrito. Esa complejidad hipotáctica se desarrolla, creo yo, a
partir del lenguaje administrativo, como he comprobado recientemente en
las crónicas del canciller López de Ayala a quien tenía por paratáctico
y resulta que es hipotáctico. Yo me lancé a las diversiones de la frase
poliarticulada y de muy largo aliento a partir de Las semanas del jardín y como consecuencia de mi encuentro con la lengua. Alguna frase llegó a costarme una jornada entera.
La hipotaxis es muy viciosa pero puede conducir a naufragios catastróficos; yo mismo tengo un naufragio glorioso en Esas Yndias equivocadas…
Este es el 'gran camino de la lengua', frente a la 'pequeña
tranquilidad de la bella prosa'. La hipotaxis es un galeón con todas las
velas desplegadas, capaz de aprovechar hasta el más mínimo suspiro de
viento; la parataxis es una pequeña embarcación de cabotaje para
trayectos cortos. No encuentro novelas que escapen de la 'bella prosa' o
de aplicaciones vulgares de la parataxis. Las novelas exigen mucho
esfuerzo, mucho trabajo y buenas ocurrencias. Por eso me resisto a
escribir ficción. Pero, en cambio, he leído ocho o diez veces Josefina la cantante o La rendición de Utica, y no me canso de leerlas y volverlas a leer.
Me encuentro en una situación difícil, pero cómoda. Es como si flotara en el espacio de los recuerdos. Todo sabe a recuerdos, todo son momentos vividos. Si camino, recuerdo; si pienso recuerdo más intensamente; si tomo cerveza, recuerdo instantes que compartimos; si voy a la compra, él siempre está presente. Todo lo que hay a mi alrededor me recuerda a él. Sueño con su presencia. Fue una persona muy importante en mi vida y para mi vida. Le dije millones de veces que lo quería y eso me reconforta sobremanera. Ahí ando, en estos senderos me encuentro. En alguna ocasión, los lagrimales vierten alguna gota de dolor. Sigo viviéndolo mucho más intensamente que cuando me regalaba su presencia. Fue un hombre bueno, un buen hombre. Íntegro hasta la exageración. Honesto hasta hacer de la honestidad misma su modo de vivir. Paciente como el mejor chacal que espera el movimiento de su presa para capturarla, él para ayudarla. No tenía palabras de más, las que usaba se llenaban de esperanza y de emoción contenida. Lo quise hasta la profundidad del alma compartida y amiga. Tuve poca comunicación con él en los últimos años porque se apagaba su intelecto y, a la vez, su generosidad de coloso humano.Todo huele a él; todo sabe a él; todo suena a él. A él. A él mismo.
Siempre te recordaré, siempre te querré querido papá.
¿Y ahora qué? Ya no estás a mi lado. Tu presencia se deshace tal el hielo en fuego, se fija como una obsesión que me llena y me llega y me yaga en tremendos nubarrones irónicos que deshacen amapolas de sueño. Ese sueño sutil y estremecedor de tu voz, de tu sonrisa, de tus tranquilizadoras manos, alentadoras de sueños. ¡Dímelo al oído cuando estés! Dime que quieres aunque sea un susurro mío, un agradable abrazo mío, tal vez un espontáneo beso mío. ¡Dímelo cuando estés! Dime que el sueño sueña, dime que el amor ama, dime que sin llorar lloras, dime que no podemos hacer nada, ya dime que me quieres. ¡Dímelo mamá cuando estés! Te quiero, quise y querré, a morir, planeta de mis sueños.
LA MISIÓN DE EDUCAR
Educar es lo mismo que ponerle un motor a una barca.
Hay que medir, pesar, equilibrar...
y poner todo en marcha.
Pero para eso uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino,
un poco de pirata,
un poco de poeta,
y un kilo y medio de de paciencia concentrada.
Pero es consolador soñar,
que ese inexperto barco
mientras uno lo trabaja,
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes,
hasta islas lejanas.
Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos
seguirá nuestra bandera enarbolada.
Manuela Fernández
PARA MI VIDA, PARA TI.
PARA MI VIDA, PARA TI.
Amor, azucena celestial, que nada entre espumosas olas, ¿por qué no me dices que me quieres? ¿por qué no colocas tu dulce, perfume entre caracolas? Dime amor, huele mi perfume, ama mi instante, sueña con tu sombra, con tu recuerdo, inventa la estrella, ama el infinito exhala perfumes inquietos y dormidos silencios de placer. ¿Por qué no me dices que me quieres? Hambre de mis venas, Elegíaca amaca, Luz de mis luces, Entrada de mis penas, Novela sin escribir, Amor de mi vida. ¿Qué quieres que te diga más? ¿Qué? ¿Qué sueñas?